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Rituales del hombre contemporáneo

Rituales del hombre contemporáneo

Domingo, 22 de enero

Por la tarde nos movimos por los suburbios de la ciudad, en una zona limítrofe con Hospitalet donde hay un campo lleno de yonkis y putas. El bloque de viviendas industriales donde entramos era tan decadente como tan sólo el paso de los años te pueden hacer. El ascensor paraba en la planta sexta y en el ático, otras seis plantas más arriba. Los accesos a los pisos llevaban consigo un laborioso camino de subir y bajar escaleras, recorrer pasillos a oscuras y esquivar bolsas de basura lanzadas por los vecinos.    

Entramos en un piso donde sonaban los Sun Kill Moon, y el eco de las notas musicales a través de la galería impregnaba  al edificio de una decrepitud todavía más peculiar, que evocaba a la melancolía que siente el pintor cuando no encuentra ninguna musa que sea capaz de inspirarle en la composición de un nuevo color. Palpé el lateral de mi chaqueta, ahí debajo llevaba el arma. Esta vez si que había salido a la calle como Travis, en medio de una ciudad corrupta y repleta de fantasmas. 

X me cubría las espaldas y yo avanzaba, empuñando la Colt del 55. Deberían ser las siete de la tarde, pero la noche lo ocupaba todo. No sabíamos si íbamos tras la pista correcta, las conclusiones de X debían de ser las más acertadas ya que era él el experto en los trasuntos de la muerte. Efectivamente, nos encontrábamos en la boca del lobo de forma consciente, tal era nuestro afán por conseguir otra nueva pista que arrojara luz a nuestra investigación.  

El salón estaba repleto de velas, la mayoría aún encendidas, y habían restos del ritual por todos lados. X comenzó a recoger algunas muestras para analizar posteriormente, mientras mantenía una discusión sobre el punto de vista de Heidegger sobre el nihilismo. Sin duda una postura que se mantiene vigente y se radicaliza en nuestros días, en los que asistimos a la paulatina deshumanización de los hombres al convertirse éstos en valores, y no en personas.

Hay gente que tiene talento para crear, y gente que tiene talento para destruir. Son dos conceptos distintos que te conducen a lugares diferentes. Para acabar con todo a veces se necesita ser tremendamente imaginativo, como los salvajes que habían llevado a cabo aquél acto aberrante como ofrenda a algún tipo de divinidad de escaparate. Habían repugnantes restos de carne de animal esparcidos por el pasillo, en las paredes habían dibujado extraños caracteres en sangre, habían pastillas encima de la mesa redonda del salón y todo olía a aceite quemado y a una extraña esencia de flores del campo. 

Hice fotos y tracé con X un esquema sobre un mapa de Barcelona indicando los puntos dónde estaban ocurriendo este tipo de actividades. Nos hallábamos en los albores de un descubrimiento mucho más profundo y consciente, para el que de momento no estábamos preparados o por lo menos yo no me sentía preparado. Nos largamos de allí y llamamos a la pasma, que como siempre son los últimos en enterarse de lo que pasa delante de sus propias narices.

De nuevo están bajando las temperaturas. En el estudio habría que poner otra estufa, sobre todo para pasar las largas veladas de diez y doce horas hipnotizado en frente de la gran pantalla. Acabo de redactar un informe del día para pasárselo a X y oír sus comentarios. La música de Tindersticks comienza a sonar con los títulos de crédito de Trouble Every Day. Casi me olvido de lo que ha pasado hoy y me impregno de la elegancia de esta salvaje exaltación de la pasión humana que me remueve los instintos, que me aleja de las sentencias de Heidegger y me hace ser más libre.   

Justo cuando llueven jaulas del cielo. 

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