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laescaleradecaracol

Interludio de una investigación

Interludio de una investigación

La vida de un detective es sumamente ajetreada. La intensidad con la que se han ido sucediendo las últimas noches no me han permitido mantener una continuidad en el trabajo. X no ha parado de dejarme mensajes en el contestador, tengo muchísimas llamadas perdidas de él en mi teléfono móvil. Seveline es una niña muerta y Diana continua sin aparecer. No hay más datos, no han aparecido más pistas, yo no he podido extraer conclusiones que nos ayuden a avanzar y X tiene una profunda crisis matrimonial.

En cuanto a mí, he de confesar que he decidido tomarme unos días de descanso y apartarme de la investigación. Es cierto que cuando te encuentras demasiado implicado en un caso a menudo hay que guardar cierta distancia para analizar los hechos con objetividad. No sabría decir con certeza si continúan vigilando mi apartamento. He dormido la mayoría de las noches en la alegoría kistch de Parálisis Permanente y al volver al mediodía a casa no he encontrado ni rastro del coche de la mujer morena. Eso sí, mi buzón siempre está lleno de cartas sin remitente, mensajes en clave, códigos cifrados y dvd’s que compro por Internet.

Algo me empujó ayer a retomar con fuerza la investigación. Mis contactos me han informado de que los padres de Seveline se han marchado unos días de la ciudad. Me he colado en casa de la pequeña con la intención de revisar a fondo su habitación. La policía ya la examinó en su día, pero sé con certeza que no lo hicieron de un modo riguroso. El cuerpo policial de esta ciudad está completamente corrupto, al igual que otros círculos profesionales. Tengo el privilegio de trabajar por mi cuenta y de no estar encasillado en ningún gremio, en ningún mundillo, en ninguna farándula de extravagancia circense. De nuevo me colaba en la habitación de un niño muerto, esta vez sin la intención de grabar cacofonías y sin la compañía de X. Sólo con mis pensamientos y la solemnidad del silencio.

Me he quedado encandilado con los libros de Seveline. Colecciones enteras de cuentos, una edición maravillosa de El Principito y otras obras como El Viento en los Sauces y algunas comedias en prosa de Miguel de Cervantes como A un embuste, otro mayor. Una niña de doce años que profusa una pasión desbordante por la lectura… me acuerdo de una conversación que mantuve con Diana la noche que vino a mi casa en busca de refugio. Hablamos de libros y de momentos que recordaba de su infancia; quizás su habitación cuando era una niña se pareciese mucho a la de Seveline. No paro de encontrar conexiones entre ambas, ahora convertidas en fantasmas, atrapadas, retenidas en una dimensión caótica e incomprensible, indescifrable en sus rincones olvidados y sus largos pasillos de mármol reluciente.

De repente ha caído un pedazo de papel mientras ojeaba uno de los libros. Se trata de la caligrafía de Seveline que en algún momento, durante su vida anterior, escribió lo siguiente: “La vida es un río, sucio y lleno de pirañas. No merece la pena surcar tal maraña. Prefiero que te quedes tú el bote construido con madera y paja, no vaya a ser que lo devoren las arañas del agua / Y en el despertar de mi nueva vida no habrán ni peces ni agua, tan sólo la brisa serena que se respira en las montañas. Quiero ser la extraña que se alegra al volver a casa”. Y en lugar de firmar con su nombre, una explosión de flores de largos pétalos se arremolina en la parte inferior del papel, dibujadas con detalle con un lápiz del número cinco.

Me guardo el pequeño manuscrito y acabo de inspeccionar la casa. Sin ninguna otra novedad importante salgo deslizándome como un fantasma, deshaciendo el mismo camino que tomé para llegar hasta aquí. Supongo que ahora lo único que podría hacer es ir al cementerio y visitar la tumba de la pequeña Seveline, más muerta y más incomprendida que nunca. El misterio que encierra su asesinato es una maraña laberíntica, a través de la cual encontramos pinceladas de su personalidad y nos hacemos una idea de cómo fue ella en vida. Los fantasmas se han encargado de difuminar su forma de ser y diluir su sonrisa angelical. Me esfuerzo por comprender que ha podido pasar para que todo haya salido tan mal. Siento que nunca hay bóvedas lo suficientemente altas para ser celestiales, ni mazmorras  lo suficientemente profundas para considerarse infernales.         

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4 comentarios

Jacques Clochard -

Ese episodio al que te refieres se trata de una pesadilla que tuve durante el pasado mes de diciembre. No lo especifico en el diario, pero se trata de un sueño que por otra parte fue bastante real. A veces encuentro la solución a algunos casos en mis sueños, por eso me es útil escribirlos.

J.

lulú -

Gracias por tu respuesta pero acabo sin entender ¿buscas al asesino de la pequeña Seveline? Tus notas anteriores dicen lo siguiente: Aunque tú nunca quisiste llegar a esa situación, tuviste que hacerlo y disparaste a la pequeña en el corazón. Debe ser tormentoso para ti, darte cuenta que la ausencia que causa tu dolor no tiene otro asesino más que tú.

Jacques Clochard -

"Tengo una pregunta, ¿cómo puede volverse un muerto en más muerto y en incomprensible?"


La respuesta es sencilla: Me desconcierta la personalidad de la pequeña Seveline y creo que he de ir descubriendo más sobre sus secretos mientras estaba viva para encontrar a quién la asesinó. Me parece incomprensible, todavía más si cabe, porque las ausencias que causan dolor a otras personas se caracterizan por ser así precisamente: irracionales e incomprensibles. Los actos inexplicables son los que, al final de todo, prevalecen a través de la memoria y del tiempo.

Bissous

J.

lu -

Las farolas de la foto son enormes y los pies bajo ellas diminutos. Las incoherencias del caso que persigues las puedo ver en la foto que se exhibe. Por primera vez la luz se come la sombra. Pero en un duelo nada justo, que desordena el transcurso de lo que debería pasar. Tengo una pregunta, cómo puede volverse un muerto en más muerto y en incomprensible? Nunca los vi así, pero supongo que depende del sentimiento que uno arroje sobre ellos. Te escribo con el temor de haberte incluido en un grupo que no te pertenezca. Nunca está de más que te pida perdón. Sobre todo por mi inevitable defecto de leer tus últimas anotaciones siempre entre líneas. Todo lo que no dejaste escrito es lo que yo entendí. Los vivos te echamos de menos, por los muertos ya no puedo hablar..
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