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24 Hours Gothic People

24 Hours Gothic People

Domingo, 4 de diciembre 

Es inevitable asociar ciertos lugares a ciertas personas que de algún modo u otro han significado algo para ti. Barcelona es, en definitiva, una ciudad pequeña, así que a lo largo del día puedes pasar por esa plaza dónde te encontraste a tu novia de la mano de otro tío, el parque dónde te fumaste tu primer porro o el bar dónde un día la chica de tus sueños te dijo que se había enamorado de ti. Este fin de semana he intentado establecer una relación iniciática entre mi amiga Lulú y las zonas del  Gótico y el Borne en el distrito de Ciutat Vella. Le propuse pasar 24 horas seguidas en esos barrios sin meternos en ningún hotel y este ha sido el resultado de la experiencia:

Nuestro objetivo común era pegar por todas las paredes mensajes subliminales advirtiendo a los transeúntes sobre el fin del mundo. Teniendo en cuenta que tan sólo falta un mes para que se acabe el año, ya empieza a ser hora de empezar a crear una situación de alarma entre la gente. Entre cartel y cartel, Lulú y yo nos vamos metiendo en todos los bares que salen a nuestro paso, hasta que en el decimosegundo antro  en el que nos vamos sin pagar nuestros teléfonos móviles vibran al recibir el siguiente mensaje: “Si quieres ser más feliz que antaño envía este mensaje antes de que se acabe el año”.

Eureka. Lo estamos consiguiendo. Nuestros carteles subliminales colgados por todas las paredes del Gótico están  empezando a dar sus frutos. Lulú y yo reenviamos el mensaje a todos nuestros contactos (bueno, sólo a los que nos caen bien) con la idea de que a su vez ellos lo reenviarán a otros tantos más, que al recibirlo lo volverán a reenviar... y así crear la cadena de mensajes más absurda de toda la historia de los mensajes absurdos que se envía la gente por navidad o antes de que se acabe el año.

Nuestra relación es fructífera en varios sentidos, así que Lulú y yo, para seguir pasando las horas, nos perdemos cerca de las Ramblas y entramos en un pub donde suena La Rebelión de los Electrodomésticos de Alaska y los Pegamoides. En la barra hay un travestí que se ha quitado los sujetadores y enseña unas tetas despampanantes. Me fijo en ellas con un cubata en la mano, pero sin dudar prefiero las de mi amiga Lulú así que, casi sin pensarlo, le acaricio uno de sus pechos. Al principio me mira con una expresión de sorpresa, pero le dedico la más radiante de mis sonrisas y nos besamos apasionadamente en la boca. Ya no recuerdo después de ese tema de Alaska qué música continuaron pinchando en el bar, sólo recuerdo que besaba a Lulú una y otra vez, y a cada beso me daba cuenta de que no sólo podía ser mi mejor amiga, sino que también tenía la capacidad de llegar a ser la mejor de mis amantes. 

Vagabundeamos por las calles del Borne mientras amanecía, y Lulú me llevó a un bar clandestino con rincones deliciosamente íntimos donde dimos rienda suelta a lo que a los dos nos había apetecido hacer desde el principio de la noche. Ya de día, salimos con sigilo de aquel lugar. La mañana era tan absolutamente primaveral que a Lulú y a mí nos costaba creer que estábamos en el mes de diciembre. El sol no sólo iluminó nuestras caras, sino que también arrojó luz y calor a nuestros corazones. Con las gafas de sol bien puestas, compramos el periódico y fuimos a tomar el brunch, como una pareja de artistas en un domingo vulgar.

Sin lugar a dudas, asocio la magia de las calles del Gótico a la magia que me inspira mi próximo encuentro con Lulú. No sé si volveremos a pasarlo tan bien como en estas últimas 24 horas, de ello depende nuestra capacidad para imaginar y transformar los lugares que ya han adquirido un significado para nosotros, debido a situaciones vividas con otras personas.

La palabra para el día de hoy es: RE-INVENTAR.

¡Un beso a tod@s!   
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1 comentario

lulú -

Tengo una mirada extraña hoy y mi cuerpo me habla demasiado. Me levanto y me fumo un pitillo. Me asomo a un ventanal que no ajusta y pasa el frío, el que me da calor. El cristal está sucio, gotas muertas, reinas destronadas de su día de lluvia por el sol. Ahora no son más que polvo con una única misión, desvirtuar lo que hay al otro lado del cristal. Y yo veo una realidad que no corresponde. Me acerco al ventanal, las palmas de mis manos abiertas, las pego al cristal y sigo dando pasos hacia delante hasta que mis pechos topan con él. Llegan al frío y sigo caminando. Mis pezones responden endureciéndose y mi cuerpo queda completamente pegado a la ventana. Miro hacia abajo para precipitarme al vacío. Cuando consigo estrellarme un par de veces, dejo ir el humo de mis pulmones, apago el pitillo y vuelvo a mi mesa de trabajo. El teclado ha anulado la tecla de la estrella. No funciona y es la única que necesito. Pongo la pantalla en blanco y la lleno de estrellas. Hoy no podrá ser.
En mi mesa un montón de cartas devueltas. Direcciones que dejaron de existir. Todas se dirigen a un tal Miguel, con apellido a secas. Será por eso, me digo a mi misma. Si yo lo pudiera tener delante le enseñaría mis zapatos. Le explicaría con una mirada donde está mi mesa. Su forma de triángulo, el espacio que tengo bajo mis pies. Dónde desaparece la cintura, lo que no está a vista de nadie, quiero que esté a vista de él. Lo esconderé debajo de la mesa. Hay sitio para él. Creo que sabrá qué hacer perfectamente conmigo.
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