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Todo queda en casa

Todo queda en casa

Miércoles 14 de diciembre

Ayer tenía una cita a las siete de la tarde con una mujer desconocida. Aunque he descubierto que las citas a ciegas son realmente excitantes, preferí ir al encuentro en la esquina de la calle Rosellón con Nápoles de incógnito, y observar sin ser visto. A las siete se presentó tal y como me había explicado, abrigo rojo a conjunto con sus zapatos y bolso negro. La divisé de espaldas por primera vez, y pude apreciar a pesar de la distancia de que se trataba de alguien especial. Cuando se giró, dirigiendo la mirada a su reloj con expresión de preocupación al ver que su cita se venía abajo, quedé absolutamente prendado por la belleza de su rostro. El rostro de una mujer madura,  increíblemente atractiva

Pensé en Diana en ese momento, pero no pude establecer una comparación precisa entre ambas ya que hacía tiempo que no nos veíamos. Sin lugar a dudas me sentí absolutamente atraído por esa desconocida, y todavía me escondí más, para no estropear el placer que estaba experimentando como voyeur desde mi coche aparcado estratégicamente en la calle. A pesar del frío, la mujer desconocida me esperó durante un cuarto de hora. Finalmente desistió y dejó de esperar. Mientras empezaba a bajar la calle yo encendía el motor de mi coche. Desde el semáforo en rojo vi como la desconocida entraba en su vehículo, un monovolúmen Mercedes de color negro.

Tenía muy claro que iba a seguirla. Ella dobló la esquina de la calle Nápoles y comenzó a subir hacia la Ronda en sentido Llobregat. Yo la seguía con mi coche muy de cerca, hasta salir por la salida número 9, Pedralbes. La bella desconocida aparcó en una calle de casas blancas, y entró en una de ellas, la número 43. Apagué las luces y el motor del coche y me quedé aparcado en la calle tres casas más abajo, esperando en silencio.  Al poco rato llegó otro coche, y aparcó justo delante de la casa 43. De un flamante BMW salió un hombre de unos 50 años, un poco calvo y con barba blanca. Vestía elegantemente un traje de Armani de color gris. 

Me deslicé entre las sombras que ofrecía la fría noche de ayer, y me colé en la finca. Me acerqué de cuclillas a una de las ventanas, con una cortina laminada a través de la cual se podía ver el pasillo y el cuarto de baño. La desconocida se encontraba de pie en frente del espejo. Estaba desnuda. El hombre de la barba se asomó al pasillo y la vio allí al fondo, de pie en el baño tras haber tomado una ducha. Observé como ambos hacían el amor. El hombre ni siquiera se sacó los zapatos, ni tampoco los pantalones. La embistió por detrás, mientras ella se inclinaba hacia delante apoyada en el mármol de la ducha.

No pude despegarme de la ventana, aún corriendo el riesgo de ser visto por algún vecino, hasta que el hombre eyaculó en el interior de ella, dejándola después arrodillada como un pañuelo de papel que se queda doblado después de usarlo. Ella tenía lágrimas en el rostro. El hombre se subió la cremallera del pantalón de Armani y entró en una habitación. La desconocida permanecía arrodillada en el suelo del baño. Aquella escena me dejó completamente congelado, no sabía si entrar y salvar a aquella pobre desgraciada o desaparecer para siempre y correr a escribir la experiencia en mi diario. A pesar del profundo interés que suscitó en mí la desconocida, opté por apartarme y dejar que ella misma se regocijara en la esclavitud de sus sentimientos.  

Las mujeres son unos seres deliciosos pero... ¿por qué tendrán la tendencia a cagarla siempre en sus relaciones amorosas? No sé si soy un detective o un pervertido.

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2 comentarios

Ichi -

Permitete querido Jacques decirte que no todas las mujeres la cagan en sus relaciones...quizás algunas entendemos el proceso de madurez al que hay que adapartarse con el tiempo sabiendo permanecer cariñosamente en el globo de la niñez.

Alaska -

Me diluye todavía a estas horas el humo de ayer. Quedé con MI. Jolin...estaba tan guapo, lo tendríais que haber visto. Ayer me apetecía tanto estar con él. Entre humo copas y vaivenes de mi cabeza, la fantasía , la humedad y el deseo eran una palpitación constante en mi cuerpo. Pero me hubiera encantado compartir la belleza de Mi. Incluso sus caras tristes. Tiene una pequeña cicatriz en el rostro. Mi la niega. A mí me parece preciosa. Sus labios confundidos con la piel y color fresa en el centro y sus movimientos me absorvían. Estaba completamente rodeada de él, de su esencia y de su todo. Sé que Mi estaba triste. Luego me puse triste yo.
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