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El Punk no ha muerto

El Punk no ha muerto

Viernes, 13 de enero

Hace unos días que no consigo mantener una disciplina seria de trabajo. Las cartas se han acumulado en mi buzón, que traga a diario correspondencia sin remitente. La ciudad parece más solitaria este fin de semana, quizás la gente no se atreva a salir por temor a gastar, resentidos los bolsillos de los excesos navideños. Para un detective no puede existir cuesta de enero, y menos en lo que a cuestiones de dinero se refiere. Así pues ahí estaba yo el viernes por la noche, en los solitarios bares de Barcelona, bebiendo alcohol y manteniendo un diálogo interior. 

Estuve a punto de llamar a alguna de mis flores de invernadero, pero  preferí mostrarme solo en el escaparate nocturno de la metrópolis esperanzado con la idea de que me toparía con la pieza perfecta. La camarera del antro donde me había metido llevaba una camiseta negra, medio rota, con la portada de un disco de Parálisis Permanente en la parte de delante. Declaración de principios sin duda, en estos días la actitud cuenta más de lo que muchos se creen.

Si por algo me hice detective, es por la maravillosa capacidad de introspección que poseo desde niño. Esta virtud me permite ser analítico con las situaciones, y diseccionarlas hasta encontrar la raíz del misterio  o alguna pista que pueda reconducir mi búsqueda. Introspectivo estaba yo esa noche, y alguien vino a distraerme de mi ensimismamiento. La camiseta de Parálisis me preguntaba si quería otra copa. Me sirvió otro whisky con hielo y añadió: “ésta invita la casa”.  

No me despegué de la barra, y siguiendo mi olfato, permanecí allí hasta que estuvieron a punto de cerrar, a las cuatro menos cuarto de la madrugada. Convenía ser cauto y no ahuyentar a mi posible ligue con poses innecesarias o verborrea excesiva. A mí también me iba el movimiento punk y el ir contra todo lo establecido, así que se lo hice entrever, para marcharnos juntos a matar cualquier pensamiento racional y centrarnos en lo que verdaderamente importa.

Prefería que lo hiciéramos en su casa en lugar de la mía, por proximidad y porque tenía todo tipo de juguetes sexuales que me pidió que usáramos. Siempre han despertado cierta curiosidad en mí la utilización de esos objetos, y esa noche hice un curso avanzado, impregnando su cuerpo de cremas, lubricantes y otros afrodisíacos que ella tenía escondidos en la mesita de noche.   

Tras la sesión de sexo me duché en su lavabo de decoración kitsch y compartimos un cigarrillo aliñado, como sello indiscutible de un episodio sublime de nuestra educación sentimental. Hemos quedado en volvernos a ver, me ha dejado unos cd’s de música post-punk  y ahora voy a ponerme a escuchar uno de ellos. Música para evadirme de mi trabajo. Sexo para seguir investigando.

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