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Barcelona, ciudad fantasmal (Segunda Parte)

Barcelona,  ciudad fantasmal (Segunda Parte)

Recuerdo cuando me quedé atrapado en el sótano de  la casa donde vivió Luther Blisset, en una carretera polvorienta que conduce a Castelldefels. Recuerdo las sombras, mi mano temblorosa sujetando la linterna y el gato negro que apareció amenazante detrás de una estantería agujereada por la carcoma. La Señora X y yo nos encontrábamos ahora en una situación equivalente, aunque con un mayor grado de preparación ante el inminente encuentro con algún ectoplasma cabreado,  engullidos en el interior de la montaña de Montjuich.

 

“Este frío es insoportable”, dijo la Señora X casi tartamudeando. Y en efecto así era. Nuestra aliento caliente dejaba un halo de vapor al salir de nuestras bocas a la oscuridad del exterior, y no cabía la menor duda que aquél bajón de temperatura se debía a la presencia de los espíritus y fantasmas que regentaban aquél caserón decorado al estilo Luis XV. Me desacordoné la sudadera que llevaba atada a la cintura para evitar un exceso de aire a lomos de la moto y se la coloqué a la Señora X en los hombros.

 

Un ruido ronco y burbujeante, provinente del piso superior, nos recorrió la espalda en forma de escalofrío y nos puso alerta. Una puerta chirriante se abrió lentamente. Unos pasos lentos comenzaron a retumbar por las escaleras. Alguien bajaba hasta donde nos encontrábamos la Señora X et moi. “No perdamos la calma”, dije en plan tranquilizador a la Señora X que me miraba con sus ojos azules espantados. “Quizás se trate de la persona que pedía auxilio con las ráfagas de luz”. “¿De veras crees a estas alturas que esa luz la originaba una persona humana?”, contestó Lady X. “Jacques, prepara la cámara. Creo que estamos a punto de tomar una foto que pasará a los anales de los estudios paranormales”.

 

Describiré al tipo que bajaba las escaleras. Era un hombre corpulento de unos 45 años. Calvo. Sus pupilas eran de color amarillo. Nos sonreía a medida que se acercaba a nosotros, dejándonos ver una hilera de dientes afilados. Me recordó por unos instantes a una especie de Kevin Spacey pero en feo, interpretando al malo de Lex Luthor en Superman Returns, pero nada más lejos de mis equívocas impresiones, aquél tipo era muchísimo más diabólico y letal. No puedo evitar creer en la benevolencia de los demás. Algún día me toparé con el Anticristo y creeré que podemos ser buenos amigos. ¿Por qué seré tan ingenuo?

 

Comencé a tirar instantáneas como un loco, poco antes de sentir cómo la mano férrea de aquél monstruo se agarraba a mi cuello. “¿Quién eres?” pregunté. Apretando cada vez más los dedos me respondió desprendiendo un aliento apestoso: “Yo-soy-el-enviado-yo-soy-Luther Blisset”.  Comencé a patalear cuando el monstruo me levantó dos metros por encima del suelo. Tenía serias dificultades para seguir respirando. Por unos segundos me pareció perder de vista a la Señora X.

 

Luther Blisset intentaba morder mi cara, sus dientes afilados se cerraban como cepos envenenados a tan solo dos milímetros de mis ojos. Me resultaba tremendamente difícil esquivar aquellos ataques. Sus manos estrujaron mi cuello todavía más. Aquél ser sobrenatural me elevaba de nuevo un metro más por encima del suelo. Mi cámara de fotos rodó fuera del alcance de mis manos. Sentí el álito apestoso de Blisset en mi cara una vez más.  Me sentía paralizado.

     
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