Investigar desde la ventana para una nueva reformulación del amor

Uno puede a veces tener los ojos vendados y no ver nada, no darse cuenta de lo que ocurre alrededor, permanecer ajeno a influjos que sin saberlo bien podrían significar un cambio inesperado y repentino en la vida. En representación de este tipo de situaciones cotidianas, me encuentro con los problemas diarios que se derivan de mis investigaciones. Si tuviera súper-poderes, seguramente agujerearía los objetos con la mirada, debido al tiempo excesivo que me mantengo analizando las escasas pistas que descubro a través de esta ondulante marea a la que llaman realidad.
Me observan y lo sé. Intento pasar desapercibido. También lo hago para que el Mal no se fije demasiado en mí, porque creo que le gusto y me perseguiría hasta el confín de la Tierra si yo me propusiera jugar al corre-que-te-pillo con él. Diana no sabe que he conocido el Mal en su estado más puro y destructor, y que eso en cierto modo me hace ahora ser un poco más fuerte que antes. Pero es que cómo va a saber ni ella ni nadie hasta dónde llega el incendio dentro de mí. Ahora que sigo sin saber qué pasa me encuentro un poquito más cerca de la luz, y prefiero continuar en mi papel de observador y afrontar las miradas del Mal con rabia, con insolencia, con mala educación.
Oigo ruidos durante la noche. No consigo dormir ocho horas seguidas. No acabo de estar seguro de si se trata de fantasmas enfadados que han descubierto donde vivo, o si esos sonidos son tan sólo producto de mi imaginación. Cuando pienso que me están mirando, me quedo paralizado, aterrado, con un cosquilleo en la nuca que es muy desagradable. Y tan solo me queda esperar a que se haga de día.
Otto Wininger dice en su libro Sexo y carácter que el amor es un asesinato. El filósofo Ruso Slavoj Zizek se hace eco de estas palabras, y las compara con algunas de las formulaciones que Lacan hizo en su libro Los cuatro principios fundamentales del psicoanálisis: “Te quiero, pero inexplicablemente quiero en ti algo más que a ti, y por eso te mutilo”. Adentrarme en estos estados de lucidez tan absoluta me fascina y me atemoriza a partes iguales, porque le exactitud con la que encajan las piezas del rompecabezas es abrumante. Entiendo mejor la maldad de Luther Blisset y obtengo interpretaciones mucho más acertadas, mucho más jugosas.
Me siento influenciado por las conversaciones filosóficas que mantengo con X, pero también me doy cuenta de que yo tengo mi propio modo de discernir entre el bien y el mal. Quizás la propia actitud de uno sea la mejor pista para encaminarse hacia el lado menos pesado de la balanza. Sea cual sea el resultado de esta ecuación no puedo dejar de mirar hacia arriba, hacia esos ojos que continúan observándome desde la ventana. Soy el investigador investigado.
2 comentarios
Jacques Clochard -
Sin el bañador,
por supuesto, claro.
J.
el conejo blanco -