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El gato de Sandrine y el hombre transparente

El gato de Sandrine y el hombre transparente

Aurora y Sandrine se han vuelto a ver hoy, después de diecisiete años sin apenas saber nada la una de la otra. En la época del colegio eran inseparables, cuando ambas vivían en la región del Valàis. Pero la vida les había llevado por caminos diferentes. Eso fue mucho después de acabar primaria. Se podría decir que fueron prácticamente como hermanas hasta la etapa de la Universidad. Aurora y Sandrine, después de todo, eran buenas amigas, casi almas gemelas. Y las amigas se reencuentran de nuevo, aunque hallan pasado diecisiete años, siendo insolentes con el paso de Tiempo, que se lleva todo a su paso.

 

“Hace poco soñé con tu gato”, dijo Aurora. “¿Con Pistache? Pobrecillo. ¿Te acuerdas de lo que le hicieron?”, dijo Sandrine irguiendo la espalda, como si le hubieran tocado un botón que hiciera saltar un resorte de su columna vertebral.  “Recuerdo que no pude dormir durante dos o tres noches cuando encontramos su cuerpo en el  jardín de tus padres”. Pistache era prácticamente un cerdo por aquél entonces. Era un gato enorme, cebado; con dificultades para caer con las cuatro patas desde una  altura de poco más de medio metro.

 

Pistache no tuvo demasiada suerte. Tropezó con unos desaprensivos que lo torturaron hasta la muerte. Le quemaron las patas. Le cortaron la cola. Grabaron con el cristal roto de una botella de cerveza horribles marcas sobre su lomo. Una de las marcas era tan profunda que permitía verle los huesos de las costillas al pobre animal. Lo soltaron en el jardín de los padres de Sandrine, por donde se arrastró moribundo y agonizante hasta morir debajo del Magnolio.

 

“En el sueño, también aparecía un hombre transparente”, explicó Aurora. “¿Transparente? Querrás decir invisible.” Aclaró Sandrine. “No, no” “No es lo mismo ser transparente que ser invisible. Son cosas distintas" "En el sueño, el hombre transparente es el que había matado a tu gato. Lo había hecho como una especie de ritual, para volver a ser visible, como una persona normal. Pero en lugar de eso había condenado  al gato y también a nosotras, como una maldición”.

 

Las dos se quedaron en silencio un momento, y como almas que se habían entendido en su día, ambas tuvieron por unos instantes el mismo pensamiento. Recordaron a una niña del colegio llamada Christiane, que desapareció semanas después de que lanzaran al malogrado Pistache hecho pedazos en el jardín, para morir debajo del magnolio. Jamás se volvió a saber nada de aquella niña. Dejó vacío el pupitre donde se sentaba durante el resto del curso.  

 

En la calle, el hombre transparente pasó cerca de la cafetería donde hoy se habían encontrado las dos amigas por casualidad. Sin saber nada la una de la otra, durante los últimos diecisiete años. 

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