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El Alfabeto de Jacques Clochard

El Alfabeto de Jacques Clochard

Uno lee a Júlio Cotázar, se acerca a los cronopios, se adentra en Rayuela y se da cuenta de que en realidad todo este tiempo no ha sabido leer, y que le han engañado desde el principio, desde la escuela, desde la mama; que todo lo que viene después no es más que la digestión de un gran desengaño.

¿Cómo podría afrontar como investigador escribir para una academia, textos grises que son sólo académicos, que rezuman el tufillo de toda buena academia que se precie de serla?. ¿Cómo ponerme en contacto con alguien que me lea o que no me lea?, ¿cómo ponerme en contacto conmigo mismo cuando leo lo que he escrito?.

Cortázar rehuía de los textos académicos, porque consideraba que el contacto entre escritor y lector era hueco, el texto académico o periodístico carecía de los sentimientos del mero hecho del ser y del estar: Los sentimientos de levantarse por la mañana y estar “tan café con leche”, los sentimientos de “quedar con un amigo y fumar unos cigarrillos”.

Los viajes en el tiempo y en el espacio, a día de hoy, en el mes de junio de 2007, son completamente posibles; y son posibles no por medio de la tecnología sino gracias  a la Literatura. Me hubiera gustado conocer a Júlio, me hubiera fascinado entrevistar a William Borroughs, estaría dispuesto a pasar un fin de semana encerrado en el sanatorio de La Montaña Mágica con Thomas Mann y dialogar con Hans Castorp acerca de su manera de sentir la vida, y también la muerte.

Uno lee a los grandes y luego se lee a sí mismo y piensa que le han engañado desde el principio. Reclama a gritos aprender de nuevo a hacer la “o” con un canuto.

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1 comentario

lanobil -

Yo creí no entender nada cuando leí las armas secrtas de Cortazar, pero descubrí que a quién no había entendido nunca, era a mi mismo.
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