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laescaleradecaracol

Nuestra música

Nuestra música

(...)El caso es que ya estaba bailando cuando entramos a verle. Vivía en un piso okupado en la calle Riera Alta.  “Tienes que moverte así” , y se agitaba poseido por un tembleque que le recorría el cuerpo entero. “Cuando toques, quiero un ritmo que me permita bailar así” Y volvía a temblar como un enfermo de Parkinson. “Hay muchos  reefs que pueden permitirte contornearte de esa manera” le dije. “Ya lo sé, pero no me vale cualquier reef. TÚ YA SABES cuál es el reef que a mi me gusta”.  Y el hecho es que tenía razón, yo lo sabía, sabía los grupos que le gustaban, sabía como gestionar sus influencias musicales. Pero incluso así, me parecía una auténtica chorrada crear una melodía únicamente para que él la bailara como una streaper.

 En ese momento picaron a la puerta, era Claudia, que llegaba con las sobras de lo que habíamos pillado la noche anterior. “Qué coño haces bailando así”, le dijo mirando con cara de estar a punto de echar la pota . Y tenía razón. Era raro de cojones  ver como se movía. Parecía un maricón enfermo de parkinson. “Se acabó, joder” “¿Qué coño te pasa? Deja de hacer el gilipollas, ponte por lo menos los calzoncillos y ven aquí... ¿tienes un billete?” Claudia preparó dos vodka con tónica para los tres. Nos relajamos. Dejé la guitarra a un lado y le dije que se olvidara de salir al escenario bailando de esa manera. Quedaban pocos cigarrillos, así que la reunión acabó rápido. Cada uno se fue por su lado sin una sola frase, sin una sola idea de como podría sonar esa canción nueva (...)

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El caso sigue abierto

El caso sigue abierto

(...)Me preguntas por qué debo escribir todo lo que pasa, me preguntas por qué esa manía de dejar constancia de lo ocurrido. Y en realidad tiemblas al pensar que un día leerás ese compromiso, que te encontrarás con esa frase, esa combinación de palabras que te harán recordar lo nuestro, nuestro hogar y nuestros planes. Ya no te acuerdas, pero perdiste tu alegría en los raíles de metro, en ese sito oscuro, bajo tierra. Recuero el sonido del vagón al pasar sobre ella, lo recuerdo perfectamente, casi como si lo estuviera escuchando ahora. Podría utilizarlo como banda sonora de mis palabras, de mi mania por dejar constancia. Doy gracias porque finalmetne se aleja lo claro y visible: al fin hoy se ha instaurado el día mundial de las tinieblas. Te acerco una pequeña muestra de la oscuridad que investigo, la misma en la que se suspenden estas palabras, la misma desde la que  te vieron agachada recogiendo trozos de carne, junto a los raíles de la línea 6 (...)

Condenado

Condenado

(…)Creo que habrían transportado el cuerpo sin cabeza en una carretilla. En el suelo del hangar, la rueda había dejado un rastro intermitente de marcas de sangre. “Jacques, vas a quedarte solo en la escena del crimen hasta que vuelva Diana”, murmuró el agente. Antes de marcharse, añadió: “Intenta encontrar todas las pistas que puedas con tu cámara de infrarrojos” Y me dejó allí solo, delante del torso decapitado de una mujer doblemente desconocida; Desconocida primero, al profanar  el territorio de un cuerpo que me era completamente ajeno.  Y segundo, por tener de esa mujer tan sólo un rostro imaginado, flotando en el aire donde una vez estuvo su cabeza(…)

 

Me agazapé detrás de un palé de madera, repleto de tuberías de plástico, y esperé. Diana llegó a los pocos minutos, pero yo permanecí en mi escondite detrás de las cajas. Aquél animal olisqueó el aire, y seguramente adivinaría que yo me encontraba allí, pero por algún motivo no vino a por mí. En su lugar prefirió coger por los brazos el cadáver, y arrastrarlo caminando marcha atrás hasta el despacho de uno de los agentes portuarios. El suelo del hangar quedó marcado por un rastro de sangre, que se veía de un color azul luminoso, cuando miraba a través de mi cámara (…)

 

Fragmento de La escalera de caracol: Diario de un detective

 

La isla del tesoro (microrelato)

La isla del tesoro (microrelato)

“Tenemos que llegar hasta el punto marcado con una X” –dijo el Capitán Vórtice.

“¿Y después?” –pregunté yo-.

“¿Después? Después serás rico, tomarás mi barco y volverás a la Costa, donde podrás comprar el pergamino, y gastar lo que te sobre en mujeres y ron…”

“¿Y después de eso? –Volví a preguntar-.

“Después vendrás de nuevo al punto marcado con una X, desenterrarás mi cuerpo y leerás el pergamino: palabras de un idioma que no entenderás en absoluto”, respondió Vórtice.

“¿Y después?”

“Después nos espera toda la Eternidad. Jamás dejaremos de ser lo que somos ahora”

"¿Y qué somos?" inquirí.

“Piratas”, respondió.

El gato de Sandrine y el hombre transparente

El gato de Sandrine y el hombre transparente

Aurora y Sandrine se han vuelto a ver hoy, después de diecisiete años sin apenas saber nada la una de la otra. En la época del colegio eran inseparables, cuando ambas vivían en la región del Valàis. Pero la vida les había llevado por caminos diferentes. Eso fue mucho después de acabar primaria. Se podría decir que fueron prácticamente como hermanas hasta la etapa de la Universidad. Aurora y Sandrine, después de todo, eran buenas amigas, casi almas gemelas. Y las amigas se reencuentran de nuevo, aunque hallan pasado diecisiete años, siendo insolentes con el paso de Tiempo, que se lleva todo a su paso.

 

“Hace poco soñé con tu gato”, dijo Aurora. “¿Con Pistache? Pobrecillo. ¿Te acuerdas de lo que le hicieron?”, dijo Sandrine irguiendo la espalda, como si le hubieran tocado un botón que hiciera saltar un resorte de su columna vertebral.  “Recuerdo que no pude dormir durante dos o tres noches cuando encontramos su cuerpo en el  jardín de tus padres”. Pistache era prácticamente un cerdo por aquél entonces. Era un gato enorme, cebado; con dificultades para caer con las cuatro patas desde una  altura de poco más de medio metro.

 

Pistache no tuvo demasiada suerte. Tropezó con unos desaprensivos que lo torturaron hasta la muerte. Le quemaron las patas. Le cortaron la cola. Grabaron con el cristal roto de una botella de cerveza horribles marcas sobre su lomo. Una de las marcas era tan profunda que permitía verle los huesos de las costillas al pobre animal. Lo soltaron en el jardín de los padres de Sandrine, por donde se arrastró moribundo y agonizante hasta morir debajo del Magnolio.

 

“En el sueño, también aparecía un hombre transparente”, explicó Aurora. “¿Transparente? Querrás decir invisible.” Aclaró Sandrine. “No, no” “No es lo mismo ser transparente que ser invisible. Son cosas distintas" "En el sueño, el hombre transparente es el que había matado a tu gato. Lo había hecho como una especie de ritual, para volver a ser visible, como una persona normal. Pero en lugar de eso había condenado  al gato y también a nosotras, como una maldición”.

 

Las dos se quedaron en silencio un momento, y como almas que se habían entendido en su día, ambas tuvieron por unos instantes el mismo pensamiento. Recordaron a una niña del colegio llamada Christiane, que desapareció semanas después de que lanzaran al malogrado Pistache hecho pedazos en el jardín, para morir debajo del magnolio. Jamás se volvió a saber nada de aquella niña. Dejó vacío el pupitre donde se sentaba durante el resto del curso.  

 

En la calle, el hombre transparente pasó cerca de la cafetería donde hoy se habían encontrado las dos amigas por casualidad. Sin saber nada la una de la otra, durante los últimos diecisiete años. 

El blog bipolar

El blog bipolar

Xou xou no sabe muy bien en qué consiste el ser bipolar. La enfermedad, vaya. Tengo un amigo que de pequeño era bipolar, aunque dicen que quien nace bipolar, muere bipolar. Que no tiene cura. El caso es que el psicólogo ha detectado en Andrés una bipolaridad reciente. Consiste en cambios de humor muy acentuados en breves periodos de tiempo. Él los llama cambios de humor, por llamarlo de alguna manera, pero yo lo traduzco en cambios de personalidad. He contabilizado que tiene 76 diferentes.

Andrés puso en marcha hace algún tiempo un blog en el que escribía al mundo todo lo que se le pasaba por la cabeza, la transcripción literal de las voces que le hablan desde el interior de su tarro. En realidad, es un blog que pasa casi inadvertido, no recibe muchas visitas aunque a diario escriba “mata, mata”, “muerte, muerte”, “envenena a la vieja”, “empuja a esa embarazada a los raíles del metro de la línea 5”. Todo lo que le dicta ese murmullo de su cabeza.

El blog de Andrés, como decía, no tiene muchas visitas, pero sí muchos comentarios. Los que hacen el resto de personas que viven dentro de él. La mayoría de posteos suelen tener una media de 50-70 comentarios (pensad que tiene 76 personas diferentes conviviendo dentro de él. La mayoría de las cuales con brotes-impulsos violentos-asesinos). Pero Andrés controla.

No dejo el enlace al blog de Andrés, por respeto, porque si lo llegáis a conocer algún día no le juzguéis por lo que escribe, sino por como es: un tipo muy majo.

Bajo medicación.

Una Odisea en Sitges 2008

Una Odisea en Sitges 2008

Estoy por el Festival de Sitges estos días (en la medida que mi curro de guionista en una ilustre productora me lo permite). Podéis seguir mis impresiones de algunos de los highlights de este año para CINE 365  pinchando aquí.

En el cielo todo está O.K.

En el cielo todo está O.K.

 

Estoy en el cielo. Si no soy un fiambre, este lugar es lo más parecido al Edén en la tierra.  Acabo de llegar de  Nueva Orleans; allí me dijeron que la ciudad es el equivalente a  estar en el Purgatorio. A partir de Nueva Orleans sólo hay dos caminos posibles: el cielo o el infierno. Estaba convencido de que iba derecho a las llamas. Pero no. Al final no ha sido así.

En la ciudad del Missisipi tan sólo conocí a golfos y maleantes. Putas con sífilis, chaperos que no llegaban a los dieciséis. Ciegos, algún mutilado del Vietnam, brujos, brujas, hechiceros, maestros del necromántico arte mágico del rito vudú. En Nueva Orleans tomé casi toda clase de drogas. Participé en orgías entre paredes de madera roída. Vendí mi alma al diablo.

Y por supuesto, la estatua. Desde mi casa podía ver una estatua cuyos ojos, dos piedras de color verde, me indicaban cada noche la dirección en la que se encontraba el pecado. Mi vida en Nueva Orleans, desde las tres habitaciones de color blanco, desde la casa donde te conté que vivía aquella mujer con una ortopedia en la pierna, fue un auténtico calvario.

Ahora, desde este complejo residencial de Louisiana, todo se ve mucho más claro. He subido nadando el río Missisipi, y nadie ha percatado todavía mi ausencia en la ciudad. Como te digo, esto es el cielo. Y en él puedo ver a todos tus muertos.

 

El cambio climático

El cambio climático

Abro el periódico para ver si has muerto. Para ver si encuentro una esquela con tu nombre enmarcado entre cuatro rayas de tinta reciclada, machacada previamente en las rotativas. Abro el periódico para ver si ya la has palmado, pero en lugar de tu cadáver lo que encuentro son artículos escritos por periodistas a los cuales les está afectando el cambio climático. Les está alterando hasta tal punto, que no les importa dejar el esperma que les sale del cerebro al alcance de cualquiera. Y se creen que así pueden hablar de algo. Y hablan de todo, menos de la forma en la que te esfumas, de la forma en la que vas perdiendo perspectiva y te conviertes simplemente en carne agusanada flotando en un charco de orín negro. Abro el periódico. Quizás hayas muerto.

O a lo mejor no.

Art NOW!

Art NOW!

La Facultat de Bellas artes, al contrario de lo que pueda parecer, está llena de jóvenes que aparentan llevar una vida bohemia entre pinturas, perspectivas y efluvios de humo de hachís que acostumbran fumar practicamente a diario. La casa de mamá y papá, a pesar de tener varios cientos de metros cuadrados y un jardín con piscina, no es suficiente para ellos, y es por eso que viajan a menudo. Los futuros artistas son así.  

Viajan por Europa, por los Estados Unidos, visitan islas exóticas. Y tienen la oportunidad de ver arte, mucho arte en directo. En los mejores museos y galerías del mundo. Pasan de visita. De tanto en tanto. Y llegan a interesantes conclusiones. Interpretan el arte universal de una manera muy curiosa. Como por ejemplo, una chica de tercero que ha aprendido a tragar temperas al huevo de diferentes colores.

Después bebe agua con bicarbonato, delante de un lienzo en blanco, y comienza a vomitar su obra.

El test de Rorschach, a su debido tiempo

El test de Rorschach, a su debido tiempo

Escribo en el mismo papel, lo tengo aquí hecho una bola dentro del bolsillo. Hay varias direcciones apuntadas en él. Calles del casco antiguo, si se puede decir que en esta ciudad hubo alguna vez un casco antiguo. A día de hoy no han levantado todavía ninguna de las paredes que se vinieron abajo en el 2005, el mismo año en el que te aparecieron esas pequeñas manchas por todo el cuerpo. La casa de tus abuelos, igual que la casa de tus padres, ahora ya no existen, sólo quedan escombros. Tu sigues con las manchas y no ha habido manera de quitártelas de encima; aunque el dermatólogo está convencido de que con este último tratamiento van a desaparecer. Tú ya sabes que no va a ser así.  

Al principio temías que fuera cáncer, eso era lo que te tenía atemorizada. Ahora ya sabes que no es un melanoma, pero no pareces aliviada. Eso te agobia más todavía. No sabes de dónde  vienen esas manchas. Al igual que tú, no tienen pasado ni historial. Si por lo menos fuera cáncer tendría una explicación. Pero estas marcas simplemente están ahí. Ya te lo dije antes, la casa de tus padres se ha venido abajo. Una empresa de construcción ha barrido a tus abuelos y siguen enterrados debajo de los escombros. Pero para qué vas a ir a por ellos, si por lo menos dos cadáveres cubiertos de runa facilitaran tu situación de ahora…  

Ya sabes que en Regents Park van a hacer un concierto esta tarde en memoria de los que murieron en el atentado. Pero aunque te mueras de ganas por verme no vas a venir, porque sabes que yo también me muero de ganas de verte a ti y nunca has soportado las relaciones de igual a igual 

Cada vez me das más asco.  

Que te folle un pez.

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Las razones de un detective

Las razones de un detective

A diferencia de otros niños de mi edad, cuando cumplí catorce años el tabaco y el alcohol no constituían ningún secreto para mí.  Desde la ventana de mi habitación miraba a los niños como jugaban en el solar de abajo, mientras me fumaba cada tarde casi un paquete de Ducados. Digo casi porque el resto de pitillos me los acababa de fumar por la noche, intentando ver a la madre de mi vecina Clara desnuda en su cuarto de baño.

Para verla bien de verdad cogía los prismáticos de caza que le regalaron a mi padre en navidad, y que él no había usado en su vida. Ahora los utilizaba yo para verle el coño peludo a la madre de Clara, que de por sí se veía bastante bien desde mi habitación sin la ayuda de las lentes, pero al verlo con ese aumento tenía la sensación de que casi podía hundir mi cara en él. Mi viejo ni siquiera había advertido que los prismáticos habían desaparecido del segundo cajón de su armario.

La madre de Clara me excitaba muchísimo, y en general, se me ponía dura pensando en las mamás de las niñas de mi clase. Las de mi edad no me despertaban ningún tipo de interés. De hecho, cada vez tenía el mayor convencimiento de que jamás lograrían estar tan buenas como sus madres, era incapaz de imaginármelas como las Diosas del Sexo en potencia que podían llegar a ser.                             

A Clara le había intentado meter el dedo varías veces en el baño durante el recreo. La muy golfa me decía que le dolía: "Ay, Jacques, para, me escuece...", cuando todo el mundo sabía que se metía bolis por ahí con su amiga Marta en los lavabos del gimnasio. Y sin embargo decía que mis dedos le dolían.  Estaba seguro de que si lo hiciera con su madre no le dolería, y que tras meterle los dedos durante un rato me pediría que le metiera alguna otra cosa más contundente... como mi poya de adolescente de 14 años, por ejemplo. Casi cada noche me hacia una paja imaginando esa escena, y por las mañanas intentaba dar caza a la tortillera de su hija entre clase y clase.

Pero siempre se me escurría. Constantemente.

Justicia Infinita

Justicia Infinita

Ya casi nadie hablaba de la noticia del asesinato del chico irakí, la primera vez que salí de la estación de metro de Liverpool Street. Había quedado con Marlene allí mismo, en el lugar donde dos policías dispararon a ese chaval hacía cosa de un mes, porque sospecharon que podía ser un terrorista vinculado a los atentados del 11 de Septiembre.  Una maldición sobre su juego de miradas, un bulto en su mochila Eastpack olvidada, un clima de opinión emponzoñado; nunca sabremos qué pasó en realidad. Otro misterio. Una víctima civil más. La coartada moral de la administración Bush lo sigue llamando a día de hoy “daño colateral”.

Marlene me esperaba, sonriente, con una blusa de tirantes y su faldita negra. De todas las que tenía, esa era la que se desabrochaba con mayor facilidad. Había guardado la chaqueta en el bolso, porque corría el mes de junio, y Londres dejaba de ser gris y frío por unos días. En la calle los colores eran más vívidos que de costumbre. O quizás era porque Marlene me quería. No sé. Paseamos por Brick Lane aquella mañana hasta llegar a Spitafields Market. Marlene me regaló una cámara de fotos de plástico, de esas que puedes combinar diferentes filtros y hacer fotos de colores. Cogimos el metro y nos fuimos a Holland Park a probar la cámara, pero yo era incapaz de ver la poesía por ningún lado. Y además a Marlene le olía el aliento a perro muerto, mientras insistía una y otra vez en que le perdonase y que volviera a mudarme a su casa. Yo le seguía el rollo haciendo ver que me importaba, cuando en realidad mi mente le daba vueltas al chaval que habían fulminado de un balazo.

Durante los atentados del 11 de septiembre, Estados Unidos nos coló la guerra contra Irak como si se tratase de una consecuencia lógica al “ataque" que habían recibido en casa, en sus propias carnes, en el centro de Manhattan. Para que no cupiese la menor duda y hubiera después alguien que les señalara con el dedo,  retransmitieron el declive del World Trade Center al más puro estilo Hollywood. O peor todavía, como un gran acontecimiento deportivo parecido al de los Juegos Olímpicos o el Mundial de Fútbol. Cuando la verdad era otra. Marlene me miraba sin comprender, convencida de que yo también seguía enamorado de ella. Incluso se lo había contado a sus amigas.

La empujé dentro del estanque de estilo japonés y cayó entre los nenúfares, golpeándose la cabeza contra el cemento del fondo. Pude oír un crriek. Cuando pararon las convulsiones me quedé allí de pie junto al agua y las cañas de bambú. Sostenía la cámara de plástico que me había regalado hacía unas horas en mi mano izquierda. Coloqué el filtro de color rojo. Miré por el objetivo y encuadré su cuerpo inerte flotando en el agua. Justo cuando estaba a punto de disparar me dije a mí mismo que no podía continuar jugando a ser el puto Stanley Kubrick:  una fotografía de ese tipo estaba hecha ya. 

Y después vinieron las manifestaciones, la cárcel, las armas de destrucción masiva y todo ese rollo. Y el ataque de Londres, con el caos en el metro y la bomba que causó los 39 muertos que iban en el autobús de la línea 12. El mismo que cogía Marlene cada mañana, antes de venir a verme.    

Detrás de las casas

Detrás de las casas

Subió al tren sin saber que esa era la última vez que vería embelesado la ciudad subterránea. La despedida concluyó su primer ciclo en el andén de la vía 3, justo antes de partir; después, la distancia moriría incluso un poco más. Tanto el uno como el otro tratarían en vano de encontrar el camino de vuelta  a casa, sin darse cuenta de que ambos se habían perdido, siguiendo el rastro de una pista equivocada. Cada uno optó por tomar las riendas de un caballo amaestrado, sin volver a montar a lomos de las bestias salvajes, tal y como como hacían antaño. Sin salir en las noches de luna llena para aullar a los lobos, dejaron de lado las aventuras a través de los bosques encantados y se olvidaron para siempre de visitar aquellos Templos, tan paralizados como estaban por la belleza de los reflejos ocres del Capitolio Nocturno, hastiados de la inmortalidad dentro de casa y del vagar errante del fantasma, ahora amigo, de la verdadera historia de nuestra vida como vampiros. 

El cine por internet no es cine

El cine por internet no es cine

El cine tiene la capacidad de relacionar lo visible y lo invisible, así que ahora me pregunto si esa secuencia la vi antes en alguna pantalla o simplemente se trata de un sueño, o del espejismo de un sueño que tuve justo cuando paseaba por la plaza. La escena empieza así: la mujer llega a casa del detective, empapada de pies a cabeza porque viene caminando desde seis manzanas más abajo, y en la calle no para de llover.  El maquillaje se desliza por su rostro, pero no es debido a la lluvia que le azota la cara, sino a las lágrimas que brotan de sus ojos como el run run nocturno del Mar Caspio, que se congela cada invierno prácticamente en su totalidad. Ella le explica su huida, su viraje sin retorno a un acantilado brumoso e insondable, que es el punto donde se encuentra ahora, lejos del estribillo de las canciones y de quien fue su verdadero amor. El detective intenta tranquilizarla y le dice que puede quedarse esa noche, que no se preocupe por nada, ya que por la mañana lo verá todo más claro. Ella piensa que no pierde al intentarlo, así que desparrama su babilonia en este o aquél punto del cuarto, y la puerta sin venir a cuento se cierra con llave, y por las ventanas no se ven los coches, sino un callejón apestoso donde en una ocasión encontraron a un hombre muerto, cortado a pedazos, en el interior de una maleta de la marca Samsonite. 

El fantasma dentro de cuadro

El fantasma dentro de cuadro

El permiso se ha pedido, y ahora ya tengo carta blanca para entrar con una cámara de vídeo dentro del cementerio. Ir a rodar rodeado de difuntos ya le da de por sí a la imagen un carácter ceremonial, no hace falta que muevas mucho el encuadre ni que los personajes hablen demasiado, porque ninguna de esas dos cosas quieren aportar algo a la escena, semánticamente hablando. Los cementerios ponen el abismo y el hombre el dispositivo de representación del recuerdo, de lo que fueron los que ahora están enterrados, y de lo que ha sido uno mismo sin estar todavía ahí metido, sabiendo con certeza que esa será una parada obligatoria; cada vez hay más semidioses poblando la tierra, pero muchachos, la cripta es vuestra. Y así queda la re-presentación de algo que ya fue representado, confirmando y validando la verdad de lo aleatorio, de las cosas sencillas como el enamorarse o hacerse un café con leche, o el construir artificialmente una verdad o una mentira que para el caso viene a ser lo mismo: seguir vivo, incluso aunque en las trincheras crean que estás muerto.

La verdad está ahí fuera

Efecto Kuleshov

“Sabía que vendrías” dijo. “Que no tardarías en llamarme, que verías la luz en el cuarto cada vez que pasaras por la calle”. Y encendiendo un cigarrilló me soltó: “Sabía lo de  Sabrina, lo de Luciana, lo de Cecilia y también lo de tu novia de Holanda”. “Lo de María, lo de Eva, lo de tu filirteo en las islas, lo de Susana, lo de Vanessa, lo de Lídia, lo de Mercedes, lo de Carol, lo del pardenochessinsalir de un hotel en Marrakech, una vez más con la de Holanda”. “Sabía que te habías follado a Elena, a Mónica, a Esther, a Paula...”. 

Me había fijado que la luz de esa casa tapiada se encendía por las noches. No se si alguien acudiría a esas horas en busca de refugio, el caso es que ayer cuando la calle estaba vacía salté la verja oxidada y me adentré en el jardín, atravesando los helechos de lo que antaño debió ser un jardín de césped, ahora convertido en una maraña de hierbajos...

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KANTOKU BANZAI (Glory to the Filmmaker!)

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