Fotograma de la peli Mind Game. Si os la tomáis en serio, podéis llegar muy lejos.
Fotograma de la peli Mind Game. Si os la tomáis en serio, podéis llegar muy lejos.
Jueves, 22 de diciembre
Pasé unos días por Madrid intranquilo, revuelto. Me convencí a mí mismo de que sería bueno para el caso y también para mí cabeza. Apartarme unos días de la nocturnidad barcelonesa para adentrarme en la madrileña. En la Gran Vía siempre hay gente, a cualquier hora del día y de la noche. Es como un camino de baldosas amarillas obligado si estás en el centro, y como todos los caminos mágicos, se hace doblemente interesante si te apartas de él. Yo me desvié por la calle Fuencarral, crucé la calle Desengaño y Madrid empezó a darme lo que buscaba, lo que permanece flotando debajo de la epidermis osuna y castiza del cosmopolitismo cañí.
En esos instantes no me encontraba demasiado bien. Me dolía la cabeza y la garganta, así que decidí entrar en algún bar para tomar un paracetamol. Por suerte siempre llevo pastillas y un bisturí en la maleta. En toda la calle no me pareció divisar ningún sitio demasiado aconsejable en el que entrar, así que tuve que caminar un poco más hasta dar con el local adecuado. Mientras andaba recuerdo que iba construyendo frases mentales dirigidas a Diana, como si pudiéramos comunicarnos de forma telepática. Creo que de momento este método de comunicación no funciona demasiado bien entre nosotros dos.El barman era un tipo con un peinado raro. Tenía rapados al cero los laterales de la cabeza, ni rastro alguno de la existencia de patillas para disimular unas enormes orejas de soplillo. Una camisa blanca con manchas de grasa y un delantal azul eran el uniforme perfecto para trabajar en ese tugurio atemporal, sin duda un reducto de los portales que existían antes para entrar en La Zona. Observando al barman y al viejo de la barra que absorbía con sonoridad un plato de sopa de textura grumosa y de color verde, me di cuenta del lugar tan interesante dónde había ido a parar, “el Madrid mágico, sin duda” me dije tragando una pastilla para paliar mi dolor en la nuca y fotografiando la escena con mi retina.
“Ahora ya me va bien bajar”, dijo tembloroso el anciano de la sopa. “Está usted en su casa señor Venegas” respondía el camarero. En el suelo detrás de la barra se abrió una trampilla de madera. “Todavía continúa cerca de mí casi todo el tiempo” dijo el anciano. “Señor Venegas, baje usted a cantar la balada de la era espacial, tiene a todo el público impaciente”. El anciano se dirigió detrás de la barra y bajó las escaleras de la trampilla adentrándose en lo que parecía ser una bodega subterránea, o eso me pareció a mí. “Tengo contactos en La Zona” dije con ansia. “¿Puedo bajar ahí yo también?”. “Usted no va a cantar nada” me respondió el camarero-guardián-de-la-puerta. Sentí deseos de clavarle el bisturí en el cuello, pero me controlé.He dicho en casa que estoy preparando unas oposiciones para trabajar de funcionario. Mientras tanto, me dedico ha escribir por las tardes y a salir por las noches. Duermo durante la mañana. Siento la necesidad de encontrarme con la gente cada día. Si no lo hiciera no podría continuar con la investigación.
"Join Inn" todo un discazo de los Ash Ra Tempel, cd recomendado por La Escalera
para darle un poco de sentido progresivo a la realidad
Jueves 15 de diciembre
Después de mi pequeña aventura vouyerística cogí de nuevo el coche y me fui a mi refugio privado en la calle Encarnació. Cuatro episodios de Futurama en pantalla grande, un visionado rápido a La Casa de Cera (hablaremos de ella muy pronto por encontrar claros paralelismos con la vida real) y cuando ya pasaba la medianoche, el señor Scorsese pica a la puerta con un deuvedé doble debajo del brazo: No Direction Home, la gran historia de Bob Dylan narrada por sí mismo.
Saco una botella de Whisky doce años y me lleno un vaso de plástico hasta la mitad. Enrollo un jalandro de hierba del diablo y ya estoy preparado para que Dylan me penetre. A media sesión el refugio parece cambiar de tamaño, las paredes empiezan a adquirir la consistencia de un pedazo de queso derretido. La sala definitivamente se balancea, Dylan saca los brazos de la pantalla y me agarra de los hombros, adquirimos una postura de confianza mutua, con mi cara en frente de la suya estoy a punto para oír algunas de sus confidencias más íntimas.
Me alegro de haber conocido a Bob Dylan de este modo tan personal, nos hemos intercambiado nuestros teléfonos y seguro que nos volvemos a encontrar. Le he preguntado si le podía escribir algún e-mail de vez en cuando, pero me ha contestado que no tiene correo electrónico y pasa completamente de Internet. Era de suponer.He llegado a casa y tenía el buzón lleno de cartas. Entre ellas una de Lulú, en la que me pide que vaya a verla cuanto antes. Desde que hizo reformas en su casa, algunos amigos que la han visto me han comentado que ahora vive más en una especie de balneario que en un piso normal. Ha convertido el gran comedor con vistas al mar en un enorme cuarto de baño, con toda clase de máquinas destinadas al relax. Ha instalado saunas, un hidromasaje, los dormitorios se han reconvertido en tatamis con pantallas de plasma, y ha contratado a un cocinero japonés. Lulú parece apremiante en sus palabras. Ahora mismo voy para allá.
Epicuro estaría orgulloso de mí.
Miércoles 14 de diciembre
Ayer tenía una cita a las siete de la tarde con una mujer desconocida. Aunque he descubierto que las citas a ciegas son realmente excitantes, preferí ir al encuentro en la esquina de la calle Rosellón con Nápoles de incógnito, y observar sin ser visto. A las siete se presentó tal y como me había explicado, abrigo rojo a conjunto con sus zapatos y bolso negro. La divisé de espaldas por primera vez, y pude apreciar a pesar de la distancia de que se trataba de alguien especial. Cuando se giró, dirigiendo la mirada a su reloj con expresión de preocupación al ver que su cita se venía abajo, quedé absolutamente prendado por la belleza de su rostro. El rostro de una mujer madura, increíblemente atractiva.Pensé en Diana en ese momento, pero no pude establecer una comparación precisa entre ambas ya que hacía tiempo que no nos veíamos. Sin lugar a dudas me sentí absolutamente atraído por esa desconocida, y todavía me escondí más, para no estropear el placer que estaba experimentando como voyeur desde mi coche aparcado estratégicamente en la calle. A pesar del frío, la mujer desconocida me esperó durante un cuarto de hora. Finalmente desistió y dejó de esperar. Mientras empezaba a bajar la calle yo encendía el motor de mi coche. Desde el semáforo en rojo vi como la desconocida entraba en su vehículo, un monovolúmen Mercedes de color negro.
Tenía muy claro que iba a seguirla. Ella dobló la esquina de la calle Nápoles y comenzó a subir hacia la Ronda en sentido Llobregat. Yo la seguía con mi coche muy de cerca, hasta salir por la salida número 9, Pedralbes. La bella desconocida aparcó en una calle de casas blancas, y entró en una de ellas, la número 43. Apagué las luces y el motor del coche y me quedé aparcado en la calle tres casas más abajo, esperando en silencio. Al poco rato llegó otro coche, y aparcó justo delante de la casa 43. De un flamante BMW salió un hombre de unos 50 años, un poco calvo y con barba blanca. Vestía elegantemente un traje de Armani de color gris.
Me deslicé entre las sombras que ofrecía la fría noche de ayer, y me colé en la finca. Me acerqué de cuclillas a una de las ventanas, con una cortina laminada a través de la cual se podía ver el pasillo y el cuarto de baño. La desconocida se encontraba de pie en frente del espejo. Estaba desnuda. El hombre de la barba se asomó al pasillo y la vio allí al fondo, de pie en el baño tras haber tomado una ducha. Observé como ambos hacían el amor. El hombre ni siquiera se sacó los zapatos, ni tampoco los pantalones. La embistió por detrás, mientras ella se inclinaba hacia delante apoyada en el mármol de la ducha.
No pude despegarme de la ventana, aún corriendo el riesgo de ser visto por algún vecino, hasta que el hombre eyaculó en el interior de ella, dejándola después arrodillada como un pañuelo de papel que se queda doblado después de usarlo. Ella tenía lágrimas en el rostro. El hombre se subió la cremallera del pantalón de Armani y entró en una habitación. La desconocida permanecía arrodillada en el suelo del baño. Aquella escena me dejó completamente congelado, no sabía si entrar y salvar a aquella pobre desgraciada o desaparecer para siempre y correr a escribir la experiencia en mi diario. A pesar del profundo interés que suscitó en mí la desconocida, opté por apartarme y dejar que ella misma se regocijara en la esclavitud de sus sentimientos.
Las mujeres son unos seres deliciosos pero... ¿por qué tendrán la tendencia a cagarla siempre en sus relaciones amorosas? No sé si soy un detective o un pervertido.
Martes, 13 de diciembre
Estuve en el preestreno de King Kong, el nuevo blockbuster navideño de mi adorado Peter Jackson. Realmente, para aquellos que todavía no tengan claro o no hayan experimentado en sus carnes el concepto de “película épica”, pueden tomar la historia del simio gigante como un ejemplo de lo más accesible a un género estandarizado durante algún tiempo, pero que ha caído en un bucle de representación extraño que confunde a las nuevas generaciones de cinéfilos (en las que me incluyo yo mismo).
Está clara la trascendencia al plano emotivo que sólo te conduce el buen cine en este último film de Jackson, que al igual que en la novela El Corazón de las Tinieblas de Joseph Conrad, uno tiene la sensación de que el viaje a la Isla de la Calavera no es tan sólo una travesía hacia la dimensión desconocida, sino también un viaje interior durante el cual los protagonistas obtendrán una enseñanza y realizarán un cambio, al menos, aquellos pocos que consiguen mantenerse con vida en medio de la hostilidad de una isla perdida en el pacífico, rodeada de niebla, en la cual conviven todo tipo de peligrosas criaturas de naturaleza prehistórica y que es el hábitat natural de Kong, el rey de los simios.
King Kong es como una cápsula del tiempo. Un film que sin duda se merece estar entre la lista de los mejores remakes de los últimos años, ya que respeta la esencia del film original –con elementos como la utilización de la música de la película original al recrear diferentes secuencias- y porque es todo un tributo al género fantástico y a la ciencia ficción que sin duda muchos empezaron a amar con la película original de Merian C. Cooper.
La belleza es la perdición del pobre King Kong, ya que queda absolutamente prendado de los encantos de Naomi Watts en el papel de la actriz Ann Darrow, rol que interpreta Fay Wray en el film original. A más de uno nos ha ocurrido en la vida algo parecido, por lo tanto es un discurso de lo más universal y que garantiza que la película cuente con el beneplácito del público (la crítica es otro cantar). Es normal que los hombres de razonamiento simiesco pierdan la cabeza por una belleza, sobre todo en momentos críticos como la crisis de los 40, cuando todavía piensan que pueden enderezar sus vidas. Hay mucho chimpancé suelto por ahí.
Lunes 12 de diciembre
Si alguna vez fuera abducido por extraterrestres, no creo que me sintiese muy diferente de cómo me siento ahora. Me pregunto si me pondrían una etiqueta y me clasificarían en un laboratorio repleto de muestras humanas, o si me meterían en un frasco de cloroformo para estar dormido todo el tiempo, y dejarles así que manipularan mi cuerpo con completa libertad. Creo que tiene que diferir tan poco ser abducido por unos mutantes a mi vida cotidiana que en serio me replanteo cuestiones esenciales del mundo en el que vivo. Sería mucho mejor si una banda de marcianos se me llevara en su platillo volante a una galaxia que estuviera a millones de años luz, por lo menos ellos me dirían “Bienvenido”.
Llamadlo como queráis, síndrome de la postmodernidad o spleen de la coyuntura histórica actual, pero a mí todo lo que me rodea me parece una auténtica mierda. Me resisto a pasar por este trauma que es el darse cuenta de que todo está tejido en una red de relaciones putrefactas, germinadas en el interés y la codicia, cuya única válvula de escape es el coito –interruptus para muchas personas- y cuyo objetivo último es el dinero y la falsa sensación de pertenecer a un sistema-trampa que te ayuda a ser todavía más necio y más bajo y más lerdo y más patético. Como seguramente serán la mayoría de vuestras exnovias/os.
Sabéis, este fin de semana no he aspirado a nada más que intentar establecer un método terapéutico con mi alma y mi conciencia. Trabajar en tu interior no siempre es fácil, pero los resultados que se obtienen son absolutamente esclarecedores. Los que habéis experimentado con la psilocibina sabréis de lo que hablo. La vida no es más que las consecuencias de tus propias decisiones. Aunque es cierto que lidiamos día a día con mucha mierda y muchos sibaritas de lo soez, nuestras decisiones son las que nos constituyen luego como lo que somos en realidad. Hecho, es simple.Voy a cortar ya. Voy a parar de dirigirme a vosotros en estos términos totalitarios de profesor amargado porque creo que nadie merece ser sermoneado (para eso ya están los curas y los predicadores); es mucho más agradecido divertirse con otras historias de Internet, como la página de Hello Kitty o la de los gatos en miniatura que viven en el interior de tarros de cristal. Sólo os diré que ayer recibí una llamada, una solicitante a entrar por la puerta grande en el hall de las desilusiones, y me transmitió a tiempo real un aviso desde el espacio exterior: “Estoy asustada de lo mucho que te quiero”.
Fin de la transmisión.
David Lynch, nuestra persona favorita,
ya ha empezado ha hablar de "La Escalera"
a todos sus colegas en USA y piensa en alguna de estas historias
para hacer su nueva peli.
Los Acid Mother Temple también son fans de "La Escalera"
Jueves, 8 de diciembre
Hay una serie japonesa de dibujos animados protagonizada por un tipo musculoso, que es capaz de realizar una extraña técnica de combate con los pelos de su nariz. Este luchador, que es capaz de estrangular a sus adversarios con unos pelos que son como látigos lanzados desde sus orificios nasales, responde al nombre de “Bobobo” y su teoría es que los pelos del cuerpo tienen vida propia, hablan entre ellos y sufren al ser cortados. No sé por qué hablo hoy de pelos, quizás sea por la experiencia tan curiosa que tuve ayer en la peluquería, un lugar al que me resisto ir todo lo que puedo mientras tenga alguien cerca con un poco de soltura para cortar el pelo. Ahora mismo no tengo a nadie cerca para que me haga algo así.
Me gustaría continuar diciendo lo que pienso respecto varias series japonesas de animación, pero creo que es mucho más interesante y morboso relatar mi visita a la peluquería nocturna de Nou Barris, al fin y al cabo este es mi diario y esto es lo que me ha pasado. Os explicaré en qué consisten las peluquerías nocturnas por si no lo sabéis. Son lugares muy agradables, tan sólo abren de noche, a partir de las diez y cierran de madrugada, como cualquier discoteca. Mientras esperas para que te corten el pelo te dejan en un reservado con una copa y una chica de compañía –puedes elegir chica o chico, según tu humor sexual del día-. Os recomiendo que siempre vayáis solos a las peluquerías nocturnas.
Pasé una hora en el reservado -una estancia llena de cojines y con olor a incienso-, con una mujer extraordinaria, Chantal, de madre francesa y padre andaluz, una mezcla explosiva cuyos frutos habían sido exuberantes en todos los sentidos. Quizás superaba los 40, pero Chantal me ofreció su faceta sexual más adolescente, y yo me dejé llevar sumergiéndome en su falda tableada de la que se desprendió rápidamente, apresurándome a arrancar con los dientes un tanga anaranjado que resaltaba la piel aceitunada de sus pantorrillas. Mi cabello se preparaba para ser cortado de esa manera.
Cuando llegó el turno de pasar al lava cabezas, me enrollé una toalla blanca alrededor de la cintura. Una chica joven me lavó el pelo, masajeándolo con cuidada atención con unas manos finas, con las uñas pintadas de color rojo que armonizaban con su cabellera morena, que le caía por encima de los hombros y casi rozaba mi frente, al estar yo con la cabeza inclinada hacia arriba, dejándome acariciar por aquél ángel. Recuerdo el delicado aroma del champú, y las agradables caricias de la espuma al resbalar por la frente.
En fin, el corte de pelo que me han hecho me gusta, y mi cabellera no ha sufrido demasiado. No me lo he cortado demasiado corto, para que no tarde en crecer y visitar de nuevo la peluquería nocturna; no me acordaba que uno lo podía pasar tan bien en esos lugares. Es curioso como funciona esto del pelo, es muy similar a cuando te rompen el corazón, te lo hacen trizas con unas tijeras, sientes que te lo cortan en mil pedazos pequeños y quedan esparcidos por el suelo, ensangrentándolo todo. Te da la sensación de que te quedas con un agujero en el pecho y de repente se vuelve a regenerar solo, continua su ciclo vital y vuelve a crecer y crecer...
Cuidado: jamás se os ocurra haceros la permanente en el corazón. Una vez moldeado a conciencia no hay marcha atrás, y vuestra forma de sentir puede verse alterada seriamente. Mi consejo es dejar que crezca y crezca y crezca, hasta tener un pecho en el que no os quepa un corazón semejante. Os envidiarán por ello.
Lunes, 5 de diciembre
Hoy he recibido una pista clara y rotunda respecto al paradero de la pequeña Seveline. Esta vez no ha sido el cartero quién me ha traído las nuevas, sino el intercomunicador fluorescente del motor de mi coche. En ocasiones intentar recibir algún tipo de feed-back por parte de los fantasmas que se esconden en La Zona no es tarea fácil. Hoy no ha sucedido así, y ellos han sido quienes se han puesto en contacto conmigo. Aunque mi psicóloga me ha dicho que intente evitar cualquier pensamiento racional, he escuchado con atención lo que tenían que decirme, y tras visitar el puente de nuevo, me he puesto en marcha hacia el camino de las aguas.Evidentemente ya era de noche cuando he llegado. Si no fuese así no habría forma alguna de sacar algo en claro en todo este asunto. He comenzado a bajar una pendiente de tierra, tratando de no resbalar y enfocando con mi linterna entre los matorrales. He dejado el intercomunicador en el coche. Es mejor así si pretendo ser discreto, aunque mucho más peligroso. Al final del camino, tal y como apuntaban mis fuentes, hay una cabaña abandonada, con las paredes llenas de musgo seco y los marcos de madera de las ventanas completamente carcomidos por las termitas y el paso de los años. Me escondo detrás de un árbol cercano a la casa, apago la linterna y de cuclillas agudizo el oído e intento prestar atención. El viento trae consigo voces espectrales.
Dentro de la cabaña hay alguien. Desde el lugar donde me encuentro advierto por la ventana una figura que se mueve a través de la oscuridad. Rodeo el árbol sigilosamente y camino silencioso hacia la parte trasera de la casa. El viento comienza a soplar con mayor fuerza, creando un halo de nubes alrededor de la luna llena. Un escalofrío recorre mi espalda, pero algo me dice que realmente ando detrás de la pista correcta. Palpo el bolsillo de mi americana donde guardo una Colt del 55, la saco despacio y le quito el seguro. Por unos instantes dudo en entrar en esa casa oscura y aparentemente maldita, y pienso en mi mujer. ¿Y si me ocurriera cualquier cosa?... ¿y si no nos volviéramos a ver?La puerta no está cerrada con llave, así que entro sigilosamente. Cuando mis ojos se acostumbran a la oscuridad del interior de la estancia, diviso una figura estática en el centro de la habitación. Es la silueta de una niña. Es la pequeña Seveline que me mira fijamente. “Ya no hay nada que temer, pequeña” digo instantáneamente, intentando tranquilizarla. Seveline continua con la mirada clavada en mí y noto una expresión en su rostro que me angustia. Es demasiado tarde cuando me doy cuenta en lo que se ha convertido la niña. Emitiendo un alarido propio de un animal rabioso, se abalanza sobre mi cuello. Noto como mastica mi yugular con su nueva dentadura, mientras clava sus uñas en mis ojos.
Yo jamás quise llegar a esta situación, pero he tenido que hacerlo. He disparado a Seveline en el corazón, antes de que acabara conmigo arrancándome la cabeza a mordiscos. He vuelto a mi estudio, y mientras escribo estas líneas un sudor frío empapa todo mi cuerpo. La herida tiene una pinta muy fea, y sé que no queda mucho tiempo para que yo también me transforme en algo monstruoso. Escudriño entre mis libros de medicina, pero no encuentro nada significativo que pueda aliviarme en este momento negro, así que rezo. Mi mujer no sabe nada de esto. Ella jamás dejaría que yo muriese así. Anótalo en tu diario.
Domingo, 4 de diciembre
Es inevitable asociar ciertos lugares a ciertas personas que de algún modo u otro han significado algo para ti. Barcelona es, en definitiva, una ciudad pequeña, así que a lo largo del día puedes pasar por esa plaza dónde te encontraste a tu novia de la mano de otro tío, el parque dónde te fumaste tu primer porro o el bar dónde un día la chica de tus sueños te dijo que se había enamorado de ti. Este fin de semana he intentado establecer una relación iniciática entre mi amiga Lulú y las zonas del Gótico y el Borne en el distrito de Ciutat Vella. Le propuse pasar 24 horas seguidas en esos barrios sin meternos en ningún hotel y este ha sido el resultado de la experiencia:
Nuestro objetivo común era pegar por todas las paredes mensajes subliminales advirtiendo a los transeúntes sobre el fin del mundo. Teniendo en cuenta que tan sólo falta un mes para que se acabe el año, ya empieza a ser hora de empezar a crear una situación de alarma entre la gente. Entre cartel y cartel, Lulú y yo nos vamos metiendo en todos los bares que salen a nuestro paso, hasta que en el decimosegundo antro en el que nos vamos sin pagar nuestros teléfonos móviles vibran al recibir el siguiente mensaje: “Si quieres ser más feliz que antaño envía este mensaje antes de que se acabe el año”.
Eureka. Lo estamos consiguiendo. Nuestros carteles subliminales colgados por todas las paredes del Gótico están empezando a dar sus frutos. Lulú y yo reenviamos el mensaje a todos nuestros contactos (bueno, sólo a los que nos caen bien) con la idea de que a su vez ellos lo reenviarán a otros tantos más, que al recibirlo lo volverán a reenviar... y así crear la cadena de mensajes más absurda de toda la historia de los mensajes absurdos que se envía la gente por navidad o antes de que se acabe el año.
Nuestra relación es fructífera en varios sentidos, así que Lulú y yo, para seguir pasando las horas, nos perdemos cerca de las Ramblas y entramos en un pub donde suena La Rebelión de los Electrodomésticos de Alaska y los Pegamoides. En la barra hay un travestí que se ha quitado los sujetadores y enseña unas tetas despampanantes. Me fijo en ellas con un cubata en la mano, pero sin dudar prefiero las de mi amiga Lulú así que, casi sin pensarlo, le acaricio uno de sus pechos. Al principio me mira con una expresión de sorpresa, pero le dedico la más radiante de mis sonrisas y nos besamos apasionadamente en la boca. Ya no recuerdo después de ese tema de Alaska qué música continuaron pinchando en el bar, sólo recuerdo que besaba a Lulú una y otra vez, y a cada beso me daba cuenta de que no sólo podía ser mi mejor amiga, sino que también tenía la capacidad de llegar a ser la mejor de mis amantes.
Vagabundeamos por las calles del Borne mientras amanecía, y Lulú me llevó a un bar clandestino con rincones deliciosamente íntimos donde dimos rienda suelta a lo que a los dos nos había apetecido hacer desde el principio de la noche. Ya de día, salimos con sigilo de aquel lugar. La mañana era tan absolutamente primaveral que a Lulú y a mí nos costaba creer que estábamos en el mes de diciembre. El sol no sólo iluminó nuestras caras, sino que también arrojó luz y calor a nuestros corazones. Con las gafas de sol bien puestas, compramos el periódico y fuimos a tomar el brunch, como una pareja de artistas en un domingo vulgar.
Sin lugar a dudas, asocio la magia de las calles del Gótico a la magia que me inspira mi próximo encuentro con Lulú. No sé si volveremos a pasarlo tan bien como en estas últimas 24 horas, de ello depende nuestra capacidad para imaginar y transformar los lugares que ya han adquirido un significado para nosotros, debido a situaciones vividas con otras personas.La palabra para el día de hoy es: RE-INVENTAR.
¡Un beso a tod@s!
Sábado 3 de diciembre
Existe a mi alrededor gente con muy pocos matices. Recuerdo los días en los que vivía en Weymouth Street, justo antes de mudarme a mi nuevo apartamento desde Tollington Park. Mi espíritu permanece joven como la ciudad de Londres, y es por eso que las personas a las que he querido, pero que han intentado hacerme daño, se hacen mayores de repente y pierden toda capacidad de imaginar como lo haría un niño. Vuelvo a Londres hoy, porque últimamente siento nostalgia del tiempo en el que viví tan al límite y de una forma tan libre, desarraigado de todo y de todos y sintiéndome que podía llegar hasta dónde me propusiese. Vuelvo a Londres hoy porque, desde que regresé a Barcelona, no he podido aplicar mi imaginación con la misma lógica que lo haría un niño y creo que es algo que he de recuperar lo más rápidamente posible.
Si hay algo realmente divertido en Londres son las fiestas privadas que se organizan en los pisos y casas suburbiales de toda la franja del West End, así como los encuentros clandestinos en los locales de Candem Town o Liverpool Street. Recuerdo como en una ocasión, en mitad de una noche de copas en el club Plastic People de Old Street, fui invitado a una de las fiestas más espectaculares de las que jamás me encontré mientras viví en la gran ciudad. La cuestión no es cómo llegué a parar a aquél piso enloquecido, sino lo que ocurrió dentro de él. Yo estaba con tres amigos, Fredrick, de Finlandia, Paul que había nacido en el sur de Inglaterra pero vivía en Londres y otro chico de Barcelona, Pablo. Los cuatro tomamos un mini-cab , que así es como se les llama a los taxis clandestinos, y tras negociar un precio razonable nos llevó a una finca de Candem Road. La fiesta se oía desde la calle.
Entramos en un apartamento de suelo de madera. En el comedor un tipo con mil piercings y tatuajes pinchaba música drum’n’base a un volumen bestial. Principalmente, los asistentes a aquella parade eran tíos y tías con aspecto de squoter, con tatuajes por todo el cuerpo y anillos que les atravesaban la nariz, las orejas, la lengua y el ombligo. La música era realmente muy buena, todo el mundo se encontraba entregado a la fiesta, tomando cocaína en las escaleras, en un rincón del sofá, en la cocina... Pronto perdí a mis amigos de vista, y me encontré yo también metido de pleno en aquel ambiente tan diferente a cualquier otro en el que me hubiese visto jamás, y en el que me encontraba tan, tan a gusto.
Siempre he pensado que si alguna vez tuviera que ser absolutamente radical con mis principios, viviría como esa gente. Ocuparía alguna propiedad abandonada, me dejaría una cresta y vestiría siempre de negro. Creo que no hay forma más auténtica de quemar tu juventud en la ciudad de Londres, aunque el precio que se ha de pagar supongo que debe de ser muy caro. En ese momento no me preocupaba nada de eso, me sentía completamente integrado entre aquellos desconocidos y me sentía capaz de establecer vínculos afectivos realmente sólidos con cualquiera que se hubiera acercado ha hablar conmigo. Y fue Josune, una chica de mirada enigmática y labios carnosos, la que decidió que iba a pasar conmigo el resto de la noche.Subimos a uno de los cuartos y ella me dijo en inglés que había encontrado a un ángel. Me sentí alagado por esas palabras, aunque ella no sabía bien de la condición celestial de su cuerpo, su cara y sus cabellos. Introdujo en mi boca media pastilla de éxtasis, y nos fundimos en un beso húmedo y prácticamente eterno, en el que me sentí absolutamente condescendiente y amparado por ella. Josune se convirtió entonces para mí en el animal más tierno e indefenso de cuántos me había topado, y un instinto de protección creció rápidamente en mí, viendo que lo único que debía hacer era acunarla como si fuese una niña, y de ese modo nos enamoraríamos para toda la eternidad.
Llegar al perdón no es un camino fácil. El rencor es a veces un sentimiento tan poderoso y aplastante que te impide arrojar claridad a tus pensamientos y a tus actos. Desde esa noche y gracias a Josune, algo cambió dentro de mí, y pienso que la lucidez mental es un estado al que se puede llegar sin necesidad de estímulos químicos, tan sólo actuando con consecuencia y escogiendo siempre el camino que hubieras tomado siendo un niño. Jamás voy a dejar de sentirme joven, y mucho menos cuando rememoro experiencias como las que me ocurrieron en la ciudad de Londres. Veo gente a mi alrededor, como os decía antes sin ningún matiz, y que quieren hacerse viejos a toda costa, ignorando lo que pasa a su alrededor y pensando solo en ellos mismos. Abrid vuestro corazón a las posibilidades, y sed siempre jóvenes y felices en todas las facetas que ofrece esta vida, incluso en las imaginarias.
Viernes, 2 de diciembre
Mi vida nocturna es mucho más interesante que mi paso diurno por la realidad. No sé si eso quiere decir que soy un ser de la noche, pero definitivamente es el medio en el que me muevo con mayor libertad y por donde mi vida avanza, aunque sea poco a poco. Ayer por la noche conocí a una chica. Raquel. La encontré sola sentada a un lado de la Plaza dels Angels. Le pedí papel de fumar y comenzamos ha hablar. Sin duda los dos teníamos muchas ganas de hablar con alguien, porque en seguida estábamos contándonos cosas personales, apuntes sobre nuestra vida privada. Ella también era un ser nocturno y solitario, como yo. “A las doce de esta noche un amigo inaugura una galería de arte por aquí cerca. ¿Quieres acompañarme?” Me pareció un plan interesante y contesté que sí.
La galería estaba situada en la calle Carretes, cerca de la Rambla del Raval. Recuerdo un amor que tuve hace unos años, que vivía exactamente en esa misma calle. Subimos por la calle a oscuras, ya que apenas hay farolas, pisando los charcos que la reciente lluvia había dejado. Cuando llegamos, la puerta estaba cerrada. Raquel tocó el interfono tres veces, como si llamara en algún tipo de código secreto. La puerta se abrió, y entré en un espacio cálido, lleno de cojines y con olor a incienso. En las paredes, colgaban grandes cuadros pintados al óleo, dónde se representaban escenas de sexo. Todo tipo de escenas con todo tipo de prácticas sexuales, en las que los hombres y mujeres que aparecían presentaban cuerpos escultóricos y casi perfectos.El amigo de Raquel, mi nuevo fichaje nocturno, se acercó a saludarnos. Él era el autor de los cuadros: un hombre de unos cuarenta años, un poco calvo, con barba y algo de barriga, vestido con una camisa floreada tipo Hawai. Nos ofreció una copa de vino blanco y nos invitó a quitarnos la chaqueta, ya que realmente la temperatura de la sala era muy agradable. Entramos en un cuarto pequeño, con perchas para dejar la ropa, y me sorprendí al ver que en un rincón un hombre y una mujer casi desnudos estaban desnudando a otra mujer, mientras se besaban los tres apasionadamente. Me excité al ver aquella escena. “No prestéis demasiada atención” dijo el pintor. “Ocurre siempre que expongo mis cuadros”.
Salimos de nuevo a la estancia donde estaban las pinturas. Los colores parecían haber cambiado y habían adquirido una textura que me recordaban al primer Hooper. Miré a mi alrededor, y entre los presentes reconocí a mi antiguo amor de la calle Carretes, una persona con la que mantuve un apasionado idilio que duró unos meses. Estaba besándose con un hombre corpulento, que se quitaba la americana y se desabrochaba la corbata. Observé de nuevo mi alrededor con más atención, me sentía extrañamente embriagado tras beber el vino blanco, pero realmente con una sensación de confort detrás de la cabeza. Raquel comenzaba a besar a su amigo, el autor de los cuadros, y a su vez me desabrochaba los pantalones. Me dejé llevar por aquél impulso colectivo que todos los asistentes a la exposición parecíamos sentir, y de pronto me vi envuelto en una fabulosa orgía, en la que no paraba de unirse más y más gente.He llegado a casa a las seis de la mañana, y no he recibido ninguna notificación del cartero acerca de mi trabajo. Raquel me ha dado su número de teléfono y me ha dicho que suele ir a este tipo de exposiciones por lo menos una vez a la semana. No sé si estoy preparado o si realmente me apetece volver a verla. En todo caso haré que perdure este recuerdo a través de la noche, uno de tantos que permanecen bien guardados en la alacena dorada de mi memoria.
Jueves 1 de diciembre
Esta mañana me ha despertado el timbre de la puerta de mi casa. El cartero traía una notificación para mí. He abierto el sobre mientras me calentaba el café en el microondas: se trata de otro mensaje en clave respecto al caso de la niña desaparecida en Les Corts. Las pistas llegan con cuentagotas en las últimas semanas y mi buen olfato de detective me dice que hay algo muy feo detrás de todo esto. En el papel hay un teléfono, 58 849 55. Tengo que preguntar por Diana.No me parece buena idea seguir los consejos de uno de mis principales focos de sospecha, así que he cogido el coche, decidido a hacer averiguaciones por mí mismo. Antes de llegar al puente Diana me ha llamado otra vez. “Por favor, te suplico de nuevo que no hagas nada precipitado. Todo se podría venir abajo y tú correrías un grave peligro”. Me insiste en que vaya a su casa. Yo me muero de ganas de ver la cara de la voz enigmática que ha dirigido mis pasos el día de hoy, así que me parece bien la propuesta. Desde el retrovisor veo como queda atrás el puente, el hogar de los misterios.
Diana vive en un ático del Paseo San Juan, desde donde se le puede tomar perspectiva a Barcelona. La he notado triste, mientras daba caladas a un Marlboro y me ofrecía algo de beber. Después de tanto ajetreo mental me apetece pasar una tarde siendo el anfitrión de una mujer que sin duda encierra algún tipo de secreto, del cual solo se atisba una parte pequeñita, la punta de un iceberg. “Yo conocía a la niña personalmente”, dice. “Participó en uno de los programas de educación y psicopedagogía de la Universidad”. ¿Así que se trataba de eso? Clavo mi mirada en sus ojos y no me parece que esté mintiendo. Desde los ventanales del salón vemos atardecer.
En el taxi, de vuelta a mi casa pienso en Diana y me parece como si estuviera recreando a un fantasma. Su belleza es una mezcla de delgadez espectral revestida a la última moda, es fruto del trato más agradable a la espera de recibir algo a cambio. Sin duda otra mujer perdida, aunque ella crea saber quién es el asesino de la niña. No le he dicho nada, pero cuando salía he visto en una de las estanterías un reloj de hombre. Cuando una mujer regala un reloj a su pareja, es una llamada de atención, de calculada certeza respecto a la fecha de caducidad de su amor. Hago anotaciones en mi libreta de paperchase, la que me compré en Londres y donde tomo la mayoría de apuntes para mi diario. Tengo la sensación de que vivo en un vaivén de temporadas sentimentales que cambian como las estaciones, golpeándome en el estómago a cada cambio de ciclo.
Ayer fue un día de esperas. Estaba en casa, hablando en un Chat lleno de gente que busca sexo. Un intercambio de palabras, una conversación superficial con una mujer sin rostro y los dos decimos que nos apetece conocernos. Quedamos en una cafetería de la Plaza Bonanova a las ocho de la tarde, justo cuando ella sale del trabajo. En mi cabeza se dibuja el rostro de esa persona desconocida, una estructura mental pequeñita que está a punto de volar por los aires.
Aunque hemos dicho que a las ocho, ella no aparece hasta las ocho y media. La recibo con júbilo, quiero sentirme atraído por una desconocida desde el instante cero. 38 años. Abogada. Morena. Media melena por encima de los hombros. Huele a Chanel. Nos presentamos y comenzamos ha hablar de banalidades, no sé si poniendo rostro o máscara a nuestro diálogo, pero sintiendo que es algo nuestro. Llegamos a un punto importante en nuestra charla. Ella me habla de su antigua relación. Por segunda vez en esa fría tarde de noviembre, he de recrear en mi cabeza el rostro de un desconocido. Yo la escucho, para eso he venido hasta aquí –entre otras cosas-. Nos miramos a los ojos.Subimos a su apartamento besándonos en el ascensor. Cuando me quito la chaqueta en el salón de su ático me doy cuenta de que hay fotos de un hombre, colocadas como pequeños altares en los fríos rincones del hogar. “¿Es él?”, pregunto. Un hombre guapo, de mirada sensible, de noches de vino y libros sonríe en esas instantáneas. No me da miedo decir cualquier cosa. Sé que nos iremos a la cama igual, y el sexo será tan sólo un preámbulo entre ella y yo para empezar a conocernos de verdad.
Tras un orgasmo de valor siete en la escala Richter, nos fumamos un porro de hachís y hablamos algo más. “Es profesor” me explica. “Le abandoné por un hombre algo mayor, en un momento en el que no podía decidir por mí misma nada en mi vida”. Su rostro se entristece porque habla de alguien querido que ya no está, alguien a quien ella asesinó metafóricamente y ahora se ha perdido para siempre. Veo que se siente acorralada por sí misma. Veo que se ha convertido en conversación de café a las ocho de la tarde y sexo ocasional para otros hombres.
Nos despedimos en silencio, casi sin decirnos nada. Me guardo su número de teléfono en mi agenda. Bajo a la calle y miro las luces de los comercios, la gente pasa, el semáforo se pone en verde. Mientras me ato la bufanda al cuello tengo un pensamiento sobre mi nueva amiga, mi nueva flor destrozada. Y me acuerdo un día más de cuando yo también perdí mi único verdadero, salvaje y apasionado amor de invernadero.
“en ese momento pensaba.....”
porque un hombre escribiendo algo en su máquina de escribir realiza un acto profundamente humano, que –digamos desde un punto objetivo- nos abre la puerta de todo un imaginario que puede ser colectivo o profundamente personal. (un misterio???) bien.
Imagino a William Borroughts escribiendo en su máquina de escribir Naked Lunch. Es triste cuando piensas que el ser humano es limitado, y que solo puede trascender más allá usando determinados estímulos. Pero lo increíblemente fantástico y que hace del ser humano un ser único es la capacidad de plasmar toda la minúscula experiencia en un pedazo de papel.
Es tan simple y curioso como eso!!!!!
Contribuyamos a conservar el patrimonio de la humanidad con simples pensamientos que a nadie le importan!!!!!!!!
Nos condiciona cualquier pensamiento. Nos ata cada experiencia. Nos libera el amor.
(y la música)
pensamientos como, ¿qué andaba buscando realmente? Desde esta perspectiva (psico délica) no me acostumbro a ver que todo cambia, que hi farem
Aunque formara parte de un universo imaginario, cada sentimiento y cada visión eran un intenso fragmento de su solitaria armonía. Se mantuvo en silencio por largo rato, en una esquina del pasillo de mármol reluciente, contemplando el reflejo de su figura contra el suelo. A veces se podía permitir la triste expresión de un hombre gris, y a veces también podía mentir, dotando a los objetos que le rodeaban de una melancolía propia de la estación otoñal. A veces sabes que no hay ningún lugar dónde esconderse, y que cualquier intento que sea intencionado para conseguir el perdón de los demás acaba convirtiéndose en tu verdugo. Esto es lo que rondaba hoy en los pensamientos de Jorge Salino.
“Seguramente siguiera el camino de sus compañeros”, pensaba el astronauta –condenado a flotar por el espacio en el interior de su nave. Los del módulo tres fueron todos a parar a las plataformas de recolección de basura interestelar. “Yo jamás valdría para hacer una cosa así”, -decía- “Ni siquiera se dan cuenta de que el gas tóxico de esos residuos es lo que les provoca la enfermedad y después la muerte”.
La ruta prefijada era dirección Oeste. La bala metálica se desplazaba suavemente por el espacio, atravesando polvo intergaláctico y pequeños trozos de meteoritos.